Una vez un amigo me dijo: "la cosas nunca salen como uno quiere, por eso hay que tener preparados varios finales" y yo le dejé caer un café encima. (Siempre he sido rara a la hora de cuidar a mis amistades). No siempre sé cómo mirar; a veces me descentro y otras veces pongo la vista al frente y no hay quien me pare. Pero siempre me acompaña esa sensación de fragilidad, un mal presagio de derribo, un sueño es forma de ruinas.
Siempre temo lo peor, y hay nubes que son más espesas que la sangre. Hay un miedo que me agarrota las huellas y otro miedo que me sostiene.
Hay días en que las noticias nos arrastran por lugares infames, a olvidados mundos, a grietas irreparables en la tierra y vidas que intentan con uñas y dientes ser vidas. Pero hay otros días en que el periódico te despedaza, palabras y letras y fotos que son imposibles, pero no te queda otra cosa que terminar por creerlas. He querido decir a mi familia cuánto me ha dolido hoy el periódico y no he podido. Se me ha anudado una lágrima en la garganta, y hoy no sé cómo mirar, porque este final era imposible, no lo tenía nadie preparado.