Quizá debí haber sido otra
en aquel rincón de la tarde.
Pude haber trazado
otra línea divisoria,
pero hasta eso hubiese sido peor.
Había un lagarto,
dos miradas,
tres sonrisas
y un bastón.
De poco servían.
Se juntaron en el aire
gruñido y voz,
pero todo era de un aliento afónico,
de un aviso sordo y desdentado,
de un futuro atroz.
No saber qué es exactamente lo que necesitas,
ni siquiera saber el color de la piel de la contienda.
De qué tiendes miedo.
Muerde.
Aprieta.
Despierta.