jueves, 11 de septiembre de 2008

Cojo aire con la boca hasta que me duele el pecho, cierro los ojos y bajo la cabeza. Eso me hace sentir que el dolor va a doler menos, y es una mentira, una de esas mentiras que nos hacemos para salvarnos del miedo. Nada va a dejar de existir con este absurdo método, y sin embargo lo repito una y otra vez por si al final funciona, pero no funciona, nunca funciona. El dolor acaba cuando acaba, cuando ya no hay nada que perder, cuando un reflejo especular nos devuelve por fin una sonrisa, una pequeña, una pequeña y dulce sonrisa. Y no, el dolor no acaba cuando movemos la cabeza para que, de alguna manera, podamos mirar para otro lado. Cerrando los ojos nada desaparece, nada cambia y nada se para en el mundo por mucho que lo deseemos.
Hay que buscar ventanas abiertas, rostros que nos devuelvan la ilusión, juegos que nos distraigan de la rutina. Y entonces entiendo que el amor es un inútil intento de esperanza para poder soportar el miedo al futuro.

4 comentarios:

Mónica dijo...

Al respirar hondo, el cuerpo se oxigena y el dolor duele menos... o eso dicen en el gimnasio. Yo me lo creo: al fin y al cabo, la vida no es más que eso, respirar. Todo lo demás, hasta el dolor, es accesorio.

He visto que has visto... estaría bien respirar en Barcelona, a finales de Octubre, por ejemplo, verdad? Y no hace falta más que coger aire...

ILSA dijo...

No me tienes, no me tientes... que cojo aire hasta que los pulmones me lleven a Gavá.

No sé si lo recordarás, pero mi destino estaba en Las Ramblas en las manos de un tal Jordi (es imposible que recuerdes esa historia).

Un beso acrobático y lleno de esperanzas...

Marian dijo...

ME gusta lo que leo, me quedo un rato :)

Besos

ilsa dijo...

Marian, todo el rato que tú quieras... es un placer. Puedes entrar a todos lados, y me quedo por aquí, cerca, por si necesitas algo.